domingo, 16 de marzo de 2014

De la práctica de recibir la comunión en la mano


La práctica de la comunión en la mano, que a muchos puede parecer contemporánea, es sin embargo muy antigua, probablemente la original en la vida de la Iglesia. Así lo reconoce la instrucción Memoriale Domini, firmada el 28 de mayo de 1969 por el Papa Pablo VI, que es la que reintroducirá la práctica, en el modo que vamos a ver, en la vida de la Iglesia actual, un reconocimiento que hace con las siguientes palabras:
 
            “Es verdad que, según el uso antiguo en otros tiempos, se permitió a los fieles tomar en la mano este divino alimento y llevarlo a la boca por sí mismos” (Memoriale, 3).
 
            En apoyo del aserto aporta dos testimonios antiguos. Éste de San Cirilo de Jerusalén en su obra “Mystagogic Catechesis”:
 
             “…Tómala, y estate atento para que no se te pierda nada” (op. cit. 5, 21).
 
            Y éste de Justino en su “Apologia”:
 
            “Después que el presidente terminó las preces y todo el pueblo hizo la aclamación, los que entre nosotros se llaman diáconos, distribuyen a cada uno de los presentes para que participen de ellos, el pan y el vino con agua, sobre los que se dieron gracias, y los llevan a los ausentes” (op. cit. 1, 65)
 
            La práctica de la comunión "en la lengua" es posterior:
 
            “Andando el tiempo, después de estudiar más a fondo la verdad del misterio eucarístico, su eficacia y la presencia de Cristo en el mismo, bajo el impulso ya de la reverencia hacia este santísimo sacramento, ya de la humildad con que debe ser recibido, se introdujo la costumbre de que el ministro por sí mismo depositase en la lengua de los que recibían la comunión una partícula del pan consagrado” (Memoriale 6).
 
            Tal es la situación de partida con la que se encuentra Pablo VI. Pero ocurre que“habiendo pedido algunas Conferencias Episcopales y algunos Obispos en particular que se permitiese en sus territorios el uso de poner en las manos de los fieles el pan consagrado, el Sumo Pontífice mandó que se preguntase a todos y cada uno de los Obispos de la Iglesia latina su parecer sobre la oportunidad de introducir el rito mencionado [de comulgar en la mano]”.
 
            El Papa somete entonces la cuestión a encuesta entre los obispos, con tres preguntas concretas y estos resultados:
 
            “1. ¿Se ha de acoger el deseo de que, además del modo tradicional, se permita también el rito de recibir la sagrada comunión en la mano? Placet: 567; Non placet: 1.233; Placet iuxta modum: 315; Votos inválidos: 20.
 
            2. ¿Place que se hagan antes experimentos de este nuevo rito en pequeñas comunidades, con el consentimiento del Ordinario del lugar? Placet: 751; Non placet: 1.215; Votos inválidos: 70.
 
            3. ¿Piensa que los fieles, después de una preparación catequética bien ordenada, han de recibir de buen grado este nuevo rito? Placet: 835; Non placet: 1.185; Votos inválidos: 128”.
 
            Ante esta encuesta, la decisión de la Sede Apostólica es la siguiente:
 
            “No se cambia el modo, hace mucho tiempo recibido, de administrar la comunión”(Memorial, 10).
 
            Es decir, la comunión deberá seguir siendo administrada en la lengua.
 
            Y entonces -se preguntará Vd.- ¿cómo es que efectivamente en todas o casi todas las iglesias puede uno pedir al sacerdote que le deposite la sagrada forma en la mano?
 
            Pues bien, porque la misma Memoriale abría la puerta a la excepción, llamada a convertirse, sin embargo, en la regla:
 
            “Si el uso contrario, es decir, el de poner la santa comunión en las manos, hubiera arraigado ya en algún lugar, la misma Sede Apostólica, con el fin de ayudar a las conferencias episcopales a cumplir el oficio pastoral, que con frecuencia se hace más difícil en las condiciones actuales, confía a las mismas Conferencias el encargo y el deber de examinar las circunstancias peculiares” (Memorial 11)
 
            Concesión en base a la cual, la gran mayoría de las conferencia episcopales del mundo optaron por permitir la administración de la eucaristía en la mano del feligrés.

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